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jueves, 23 de febrero de 2012

Eso, o El caballo Turín



La casa aislada en un paisaje de tundra. Ulula el ambiente. No más sonidos que los imprescindibles. Un hombre maltrata a un caballo porque no quiere arrastrar el carro. La hija saca agua del pozo para guisar las patatas que comen. Tras la ventana las hojas se levantan del suelo y un esquelético árbol domina la sinuosa loma. Una melodía (Mihaly Vig) repetitiva y hermosísima  entra en el mundo del padre y la hija sin perturbar el viento que se lo lleva todo. La vida de ambos es muy precaria y monótona. Nos pensamos que es la vida de “ellos” porque la pantalla pone el límite. Pero es la vida de todos. No hay Dios ni dioses. El mal ya está hecho. Los hombres han sido orgullosos y posiblemente el capitalismo lo ha degradado todo.
¿Por qué no fuiste al pueblo? – El viento lo arrastraba todo. – ¿Cómo es eso? – Se ha ido a la ruina. – ¿Por qué se arruinaría? – Porque todo se ha derrumbado, todo está degradado… pero podría decir que todos están arruinados y degradados. Porque no es ese un tipo de cataclismo que viene con la llamada ayuda humana inocente. Al contrario, es por el propio juicio del hombre, su propio juicio sobre su propio ser, en el cual, por supuesto, Dios tiene una mano, o, me atrevo a decir, participa. Y con independencia de su participación, el hombre es la criatura más horrible que puedas imaginar. Porque, tú ves, que el mundo ha sido envilecido. Así que no importa lo que yo diga, porque todo ha sido degradado desde que lo han adquirido y a partir de que han adquirido todo, en una pelea engañosa y deshonesta han envilecido todo. Y todo lo que tocan, y tocan todo, lo degradan. (...) Comprar, degradar, degradar, comprar. O puedo elegirle otras palabras si quieres: tocar, degradar y, de ese modo, comprar, o tocar, comprar y, de ese modo, degradar. Ha sido así por siglos. Sin parar.
El blanco y negro de las secuencias contadas a tiempo real alargan la sensación de finitud y vacío. No es la vida de ellos. Es la mía también. Me remuevo en el asiento. Los pocos enseres de que disponen hacen más patética la estancia. Cada mañana, la hija viste al padre inmovilizado de un brazo. Nunca sonríen ni se hablan. Las palabras no hacen falta. Son prescindibles. No hay esperanza. El caballo detecta antes que ellos esa sensación. Deja de comer. No quiere ni el agua que la mujer le pone en la boca. Cada escena es un poema detenido que se adentra en el alma y en la contemplación comprendemos lo que nos espera desde el momento de nacer. El hombre se sienta cabizbajo ante la ventana que muestra siempre las hojas levantándose del suelo y el vacío. No tengo sueño ni ganas de comer. No tengo espíritu que me alivie. Carecemos de lugar donde apoyarnos. El pozo se seca y habría que irse. ¿Dónde? Todo está igual. No hay mejor lenguaje que la metáfora para quedarnos con una infinita incertidumbre. Los días pasan sin medida que de volumen al sentido de la existencia. Nos aproximamos a la vida mientras la muerte está mucho más cerca. Adquirimos conciencia de que "eso" no es lo que le sucede a ellos. Todos estamos dentro de la pantalla. De nuevo Béla Tarr .
 

martes, 21 de febrero de 2012

Ana Cristina César

EMPIRE DES SIGNES

- Cuando reís tu rostro surge lleno de arrugas nuevas también ríe.
- ¿De qué, arrugas?
- Sí. Arrugas. Arrugas. Arrugas del misterio Komico. De figurín.

¿Por qué esa falta de concentración?
Si me amás, ¿por qué no te concentrás?




Río de Janeiro (1952-1983)

domingo, 19 de febrero de 2012

Bandarra


-Hábleme de sus naufragios

- En  caso de sentirme estable  -cada vez es menos frecuente-, consideraría el naufragio como un suceso inesperado del que tendría ganas de salir ya que escapar de un fracaso es una buena manera de pasar a otra cosa. Pero ¿se puede escapar de un fracaso cuando es toda la sociedad la que lo padece? Hemos fracasado y miramos a nuestros semejantes con mayor complacencia. Sin embargo, en mi vida no siento naufragios;   cada instante podría ser uno y mientras éste se abre paso,  simultáneamente cosecho un éxito interior.  Al trasluz de esas vivencias que se amontonan una tras otra y se van derrumbando como una sucesión de naipes, quedan visiones de lo vivido intermitentes. Sería muy positivo aposentar una de esas visiones sobre un lugar sagrado para que prevalezca  algo, pero todo se cae.  Piense en Bandarra, ¿recuerda sus profecías?


 

Vejo posta toda a gente
trabalhando sem comer.
Vejo os mortos a correr,
e os vivos jazer somente.
O pobre morrendo à míngua.
Outros têm a arca cheia.
Chove na praça e na areia,
como água de seringa.






martes, 14 de febrero de 2012

La rendija (el principio)


Me ha dado una llave pequeña después de haber tomado nota de mi nombre y nacionalidad. He subido hasta la habitación del quinto piso en un ascensor estrecho cuya botonera está brillante. Ha frenado con brusquedad y he salido con la maleta de ruedas arrastrándola por una vieja alfombra de color ocre hasta la habitación 508. Al abrirla he sentido una cierta familiaridad con algo, no sé muy bien con qué.
 
He dejado sobre la cama la ropa y me he asomado a la ventana. Hay dos. Por una se ve la calle y una hilera de árboles que ocultan parte de las aceras. El viento las sacude. Lo miro todo sin  curiosidad. La otra ventana da a la escalera, al abrirla me ha sorprendido ver a una mujer bajándola lentamente. Escucho sus pasos y también el runrún de una televisión que no debe estar lejos. Cierro las ventanas y observo la ropa. Después me miro ante un espejo que hay en la cabecera de la cama. Es rectangular y puedo ver la pared de enfrente donde hay una ilustración de unos pájaros sobre unas ramas muy delgadas con una montaña nevada al fondo.


Abro la puerta del baño. Una pequeña ducha resguardada por unas cortinas de plástico bastante sucias. En la jabonera no hay nada. La taza del wáter está limpia. Me siento sobre ella inspeccionando el receptáculo. Se escucha el goteo del grifo. Lo aprieto pero no deja de gotear. Hay dos toallas blancas bastante gastadas por el uso y limpias,  colgadas cerca de la ducha. Un ventanuco negro da a un patio desde donde entra un poco de luz , como si estuviese reservada a la oscuridad,  dan ganas de gozarla. Es una luz que no ilumina ni alumbra, solo deja constancia de su cualidad aminorada por la lejanía de la que procede su fuente.


Me echo sobre la cama y miro la hora. Dejo el reloj sobre la mesilla de noche de madera laminada. Hay dos cajones que no me apetece abrir. La televisión está a ras de techo. Es pequeña y no hay mando a distancia. No he logrado aprender a desasirme y confundo esa idea con un sentimiento de vacío,  así que mi empeño es reemprender un aprendizaje del que me nutrí hace años, poco después de nacer.


domingo, 12 de febrero de 2012

Margaret Atwood


LAS PALABRAS SIGUEN SU VIAJE

 ¿Sufren en realidad los poetas más
que otra gente? ¿No es sólo
que a ellos les toman fotos
y se les ve hacerlo?
Los manicomios están llenos de aquellos
que nunca escribieron un poema.
La mayoría de los suicidas no son
poetas: una buena estadística.

Algunos días sin embargo quiero, todavía,
ser como otra gente;
pero entonces voy y hablo con ellos,
esa gente que se supone que son
distintos, y se parecen mucho a nosotros,
excepto que carecen de esa cosa
que pensamos que es una voz.
Nos decimos entre nosotros que ellos son más débiles
que nosotros, menos definidos,
que ellos son lo que nosotros definimos,
que les estamos haciendo un servicio,
que nos hace sentir mejor.
Ellos son menos elegantes en el dolor que nosotros.

Pero mira, dije nosotros. Aunque pueda odiar tus tripas
individualmente, y nunca quiera verte,
aunque prefiera pasar el rato
con dentistas, porque aprendo más,
hablé de nosotros en plural, nos uní
como los miembros de alguna caravana de la muerte
que es como nos veo, viajando juntos,
las mujeres con velo y de una en una, con esa mirada
hacia adentro y los ojos desviados,
los hombres en grupo, con sus bigotes
y pasatiempos y baladronadas

en el lugar al que estamos pegados, el lugar que hemos escogido,
un peregrinaje que tomó un rumbo equivocado
en alguna parte hace mucho y terminó
aquí, a plena luz
del sol, y las sombras duras rojinegras
desplegadas por cada piedra, cada árbol muerto misterioso
en sus particularidades, su doble gravedad, pero flotando
también en la aureola de piedra, de árbol,

y no estamos más malditos en realidad que nadie, mientras vamos
juntos a través de este terreno lunar
donde todo está seco y agoniza y está
tan vivo, hacia las dunas, desvaneciéndonos fuera de campo,
desvaneciéndonos fuera de la vista de los demás,
desvaneciéndonos incluso fuera de nuestra propia vista,
buscamos agua.



Poema de Margaret Atwood, del libro Luna Nueva, en una traducción de Luis Marigómez.






sábado, 11 de febrero de 2012

Hotel Eurípides


La tristeza se ha metido en mí y no hay manera de hacerla salir. Aceptar este estado. Robert Walser escribió en uno de sus paseos mirando a la gente: “Esta totalidad amontonada no quiere ni hace nada”. Me empeño en mi propio fracaso y acallo la angustia interior mediante el desplazamiento físico: huir de los lugares, escaparme de cualquier sitio, lanzarme al callejeo, sustituir las dudas y los pesares por las calles y los escaparates. Cambiar de hotel se convierte en un ejercicio emocionante. Abrir la habitación y comprobar si la cama –cada vez más modesta-, es confortable; poner la mirada en las cortinas y descorrerlas con curiosidad e impaciencia esperando, como una niña, la novedad en el paisaje que me voy a encontrar. Pero estamos todos tristes. La fatalidad resuena en unos versos de Uffe Harder que se revelan de pronto. Lo único que tenemos que recordar es no mirar nunca abajo (…). Hay algo que va a ocurrir o algo que ya ocurre… (…) quizá todo aguante, las carpas alrededor de las plantas nucleares, el embalaje alrededor de la basura, la naturaleza, el medio, quizá no ocurra nin...

domingo, 5 de febrero de 2012

Espejos




El texto que quiero escribir se va  conformando. Ayer, en la exposición de Lee Friedlander,   se me  ocurrió comenzar  con una foto. Me gustaron mucho sus fotografías de espejos retrovisores. El espejo retrovisor recoge un aspecto del paisaje panorámico que encuadra y realza  el otro punto,  subrayando el fragmento. Es una partición de  la línea recta, lo que   significa que el espejo puede recoger la  esencia del paisaje y éste es  devuelto en un pequeño marco que acentúa toda su grandeza. Se trata de un punto de vista que anula  el horizonte rectilíneo.