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miércoles, 12 de diciembre de 2012

La Cros del Sur



por Guillermo Saccomanno

       “Escribe sobre la mesa de la cocina/en un cuaderno de tapas duras/forrado de rojo. /Anota la fecha sobre el margen izquierdo/ y después cosas como: / Llevar 2 bolsas Cemento Obra Castelar: /Pagué 200$ Varela Adelanto revoque fino/ Vecino anoche estuve a punto de matarlo.”/ Es mi padre. / Escribe pero no hace literatura. /Su estilo remite al registro del caos. / Es mi padre. /Narra sus transacciones con el mundo.”
Así es uno de los momentos hondos de la poesía de Graciela Cros, una poesía preocupada por contar y contarse, que, alterna distintas vertientes. Por un lado, el ámbito de lo doméstico, y entiéndase doméstico no tanto como lo hogareño como el registro de la intimidad, el asumirse testigo de sí misma, auscultando entusiasmos y amarguras: un encuentro amoroso, una imagen del padre, una isquemia.
Es en lo recóndito del ser donde puede surgir un poema desgarrador como “Primera comunión”: una nena, en primera persona, refiere como un tío la abusa en el marco del ritual de  pureza metiéndole la mano bajo la falda de su vestidito blanco. No menos sin anestesia es “Quirófano”, donde se describe el calvario de mujeres que se someterán al bisturí.
En consecuencia, frente al sufrimiento Cros, con ironía, escribe: “Algunas personas/ no producen lágrimas suficientes/ para conservar el ojo húmedo/y confortable”.
Sobreponiéndose al dolor, exorcizándolo, convirtiéndolo en experiencia artística, Cros puede definirse: “Soy una dama menguante”. Y anota también: “una dama con pasado”, “una dama fuera de foco”, “una dama que canta las cuarenta”. Y el ser “dama” adquiere, a través de distintos poemas que funcionan como variaciones, diferentes maneras de verse, pero todas con una constante, ser “dama”, es decir una categoría,  una forma de asumir el género.  
Por  otro lado, en su escritura hay una zona donde se privilegia la fascinación por el nomadismo, contrapartida de lo doméstico entendida como la asunción del horror domiciliario, viajes, itinerarios de búsqueda, exilios temporales donde un encuentro puede provocar un insight.
Los lugares del extravío y el hallazgo pueden ser tanto Paraguay como Chile o Brasil, sitios donde la sensualidad se descubre en lo material.
Estas dos vetas, a un tiempo, devienen una reivindicación fuerte de la poesía, ya no como expresión, oficio, posibilidad de escritura, sino como un absoluto en el cual la poesía se vuelve el tema de la poesía, donde entran las individualidades prestigiosas, trátese de Idea Vilariño o Marianne Moore, y  operan, aunque Cros no lo necesite, como soporte explícito de la propia voz. En este nivel, puesta a citar influencias, la enumeración no es gratuita. Y es desde esta convocatoria que Cros pide ser leída.
      Asumiendo en términos de ideología poética su producción anclada en lo patagónico, Cros titula ahora su último libro “Mansilla” refiriéndose a Raúl Mansilla (1959), poeta nacido en Comodoro Rivadavia y residente en Neuquén, una voz influyente entre los jóvenes del sur, quien manifiesta una tendencia vitalista  a la errabundia y el rechazo radical a la carrera de consagración porteña mientras escribe versos que aluden tanto a lo autobiográfico como a una inquietud por la identidad de lo patagónico como diferencia geopolítica. Cros lo convierte a Mansilla en magíster ludi y referente basal. Sus poemas son  crónica de una espera, la de Cros,  y celebración del viaje, el itinerario de Mansilla.
La poeta se ubica en el espacio de la quietud aguardando un mail que le pueda enviar Mansilla: “Recién comí/dos empanadas de roquefort/y dos de pollo/ que me alegraron/ el cerebro/ cuenta Mansilla en un mail. // Dice que va/a inaugurar una biblioteca/En Las lajas/acompañado de motoqueros/y paracaidistas/cosa de la Patagonia, agrega”//. “Yo me acuerdo de Osvaldo Soriano/ y le digo eso, que parece una escena/ de alguna/ de sus novelas.” Además de Las Lajas, Mansilla anda desde Buta Ranquil a Chos Malal. Por Picún Leufú y Piedra del Águila. Suele parar allí donde lo encuentra la necesidad y, al hacer un alto en la madrugada, encuentra paisanos haciendo un pernil. Su comportamiento es el del vagabundo iconoclasta: “Lo acusan de permitir que la blasfemia/inunde las escuelas.//Los funcionarios no leen poesía/y lo que es peor, al contrario de los poetas, no ignoran su poder, lo ejercen, y a quemarropa. // (…) “Después agrega que está escribiendo/ unos textos en base a expedientes policiales/ y que pronto manda uno”. Conversación a larga distancia que la poesía estrecha, “Mansilla” puede leerse como homenaje pero también como crítica literaria versificada adoptando un prisma: lo dicho, el nomadismo, pero ahora contemplado desde la atmósfera de quien aguarda noticias del exterior, como si ese afuera otorgara, en la aventura a la intemperie, un sentido mayor a la palabra poética.
      La segunda sección del volumen, “Henderson y las oscuras”, alude a la memoria de infancia: una estancia en un campo en Henderson donde, según la mitología personal, reside el origen de su escritura. En esta sección los paisajes son también Cabo Frío o Ilheus. Pero el viaje de la memoria se alterna con la caída y el  reflejo de lo que puede ser una fiesta solitaria pero también un bajón, la crónica impiadosa de la pérdida y la soledad: “Hay una pésima racha en el frente doméstico/ y aquello que hasta ayer funcionaba, / ha dejado de hacerlo”, observa.  “Se me cae la boca y no hago nada, /ni siquiera un gesto de la mano, un enarcar de cejas o arrugar la nariz. // Tropiezo con mis dientes, los pateo/ como canto rodado. //El deseo se ausenta una mañana y después da lo mismo, / hablar, callar, tapar el hueco del silencio, / recordar cómo era la vida cuando era”.
        Nacida en Carlos Casares, Provincia de Buenos Aires, Cros vive en Bariloche desde 1975. Desde entonces se ha apoderado del sur como territorio para su escritura. Una serie importante de libros de poesía (acá se citaron apenas fragmentos de algunos incluidos en “Urca”, “El libro de Newton” y “Libro de Bock”) la paran como una presencia apartada de los fuegos fatuos del centro en función de una coherencia con la periferia y la creación personal de una obra en el margen que está pidiendo la reunión de su poesía completa en un gran volumen. Mientras tanto, Cros sigue en la suya: “Sola/ en casa/mirando el jardín/ escribo/ ¿Para entender?/ ¿Escribo/para/ entender?”

“Mansilla”, Graciela Cros,
 Ediciones en danza, 79 páginas 

martes, 11 de diciembre de 2012

Época



Encontrar el camino a través del laberinto de nuestra propia época sin sucumbir a ella, pero tampoco sin escabullirnos.

(E. Canetti)

lunes, 3 de diciembre de 2012

Infancia en Berlín














La reedición de Infancia en Berlín,  de Walter Benjamin (Berlín 1892- Port Bou, 1940),  es una buena noticia que deja en los anaqueles de las librerías un tesoro entre tanta opacidad.  Que yo sepa,  la primera edición en España la editó Alfaguara en aquella inolvidable colección de tapas azules.  Fue en 1982 y hubo una segunda edición en 1987, luego desapareció tan preciado libro que pude reencontrar en la librería de unos amigos poetas,  y aunque la ley no lo permitiera,  fotocopié todo el libro ante la dificultad de encontrarlo de nuevo.  Traducido por el desaparecido  Klaus Wagner , su traducción difiere en el estilo con la que aquí comento de Jorge Navarro Pérez.
 Walter Benjamin empezó a redactar, en el verano de 1932, una serie de recuerdos del tiempo de su infancia berlinesa que fue publicando en diversos periódicos y revistas y que debido a los apuros económicos (que siempre le acecharon)  a menudo los editaba bajo seudónimo. Él no los vio la forma de libro. Se editó póstumamente: edición que fue llevada a cabo su gran amigo Theodor Adorno, en 1950
Es sus fragmentos de recuerdos es interesante resaltar que Benjamin no se ocupa de reproducir pura y simplemente la distribución de los papeles dentro del círculo familiar patriarcal, sino que la experiencia social del niño será idéntica a la del adulto que las consignará.  El relato referente al parque de “Tiergarten” que abre el libro perfila la senda de una escritura llena de recovecos  y horizontes: “No lograr orientarse en una ciudad aún no es gran cosa. Mas para perderse en una ciudad, al modo de aquel que se pierde en un bosque, hay que ejercitarse”.   Los textos, un total de cuarenta, como mosaicos, son profecías retrospectivas que revelan,  ya en las emociones inconscientes de la infancia,  el punto de vista del historiador materialista con dotes proféticas que llegaría a ser. La posición del niño  plenamente consciente de su privilegio en el ambiente de la burguesía judía de finales de siglo XIX influirá evidentemente en su pensamiento posterior. Así, el Benjamin adulto narra todo tipo de impresiones dentro de una perfecta composición metafórica que desbroza poéticamente todos aquellos elementos que dejaron en su memoria una secuela: el teléfono y la arrogancia con el que su padre atendía sus negocios bursátiles, la preparación de un viaje familiar, las anotaciones sobre las estaciones del año. Por ejemplo en “Una mañana de invierno” anota:  “Cada uno tiene un hada que le concede un deseo, pero solo unos pocos recuerdan cuál era, solo algunos advierten, con retraso, el que ese deseo se haya cumplido”. También deja sus impresiones al despertar del sexo,  los colores, el tiovivo y las bandas de música. Evocar acontecimientos a través de las emociones depositadas en los lugares es cosa de melancólicos, porque el melancólico añora los objetos, en ellos se condensan diferentes escenas de su vida. Benjamin, gran melancólico,  escribe de su propensión a la lejanía, que después desarrollaría en su concepto del “aura”. Despertar el yo infantil y su paso a la conciencia del autor, en aquel niño tan observador,  que sus emociones quedaron grabadas para siempre en pensamientos alegóricos; niño  enfermizo y con propensión a la soledad se imaginaba las horas acercándosele a su lecho.
Nacido en el seno de la alta burguesía judía, los padres se instalaron en el barrio del sudoeste del Tiergarten y fue allí donde el quince de julio nacería el autor bajo el nombre de Walter Benedix Schönflies Benjamin. El padre había adquirido su fortuna como socio de una casa de subastas y perito tasador, más adelante se haría inversor con fines especulativos. Según uno de sus biógrafos, Bernd Witte, en los recuerdos de imágenes contenidos en Infancia, trató de discernir, en la seguridad que experimentaba como miembro de la gran burguesía, los gérmenes de la destrucción a la que debía sucumbir el mundo del siglo XIX en medio de la guerra y la inflación, de tal manera que el recuerdo subjetivo de la infancia se transforma en una imagen histórica materialista. El ritual mundano de las veladas de recepción en la residencia de los padres revelaría la fragilidad de las relaciones familiares.  Si viviese ahora podría vislumbrar con toda claridad el cambio tan nefasto que comenzó a fraguarse en la década de los setenta con la unión política de Tatcher y Reagan y su política neoliberal,  que está derivando en la atrocidad capitalista percibida por el profético Walter Benjamin.

(publicado en Cuadernos del Sur)