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viernes, 28 de marzo de 2014

Amistad





Aprende a rechazar la amistad, o más bien, el sueño de la amistad. Desear la amistad es una gran falta. La amistad debe ser una alegría gratuita como las que da el arte, o la vida. Es necesario renunciar a ella para ser digno de recibirla. Pertenece al orden de la gracia ("Dios mío, aléjate de mí...") Está en todas las cosas que nos son dadas por añadidura.
Todo sueño de amistad merece quebrarse. No es por azar que tú no hayas sido amada jamás.... Desear escapar a la soledad es cobardía. La amistad no se busca, no se sueña, no se desea: se ejercita (es una virtud). Abolir todo margen de sentimiento impuro y de turbación.
O más bien (pues no hay que podar en sí con demasiado rigor) todo lo que en la amistad no pasa de intercambios afectivos debe pasar a la reflexión. Es totalmente inútil abandonar la virtud inspiradora de la amistad. Lo que debe prohibirse severamente es soñar con el goce de los sentimientos. Es corrupción. De igual modo que no se sueña con la música o la pintura. La amistad no se deja separar de la realidad, no es más que lo bello. Constituye un milagro... como lo bello. Y el milagro consiste simplemente en el hecho de que existe. 

Simone Weil


Foto: Lago Titicaca, Perú.

miércoles, 19 de marzo de 2014

del diario

Me parecía que impido al futuro llegar, que ayudo a ganar terreno al pasado. Es el perfecto olvido del ayer,  la novedad de cada hora. Nunca me basta haber sido feliz. No creo en las cosas muertas y confundo el no ser más,  con el no haber sido nunca.



lunes, 10 de marzo de 2014

Paseos barceloneses

De pronto me dejaron de interesar. Cada día me cruzaba en el pasillo con la desagradable X. Me saludaba haciendo un gesto con la cabeza y sonreía exhibiendo el aparato dental que tanto afeaba su expresión. Después se introducía en su despacho y cerraba la puerta de golpe. Yo seguía caminando por el largo pasillo hasta que llegaba a mi oficina. Tres administrativas con buen aspecto también se cruzaban conmigo en mi camino hacia la sede de la Administración. Una de ellas era alta y tenía una extraña fealdad que dejaba escapar mientras te miraba, no es que fuesen sus rasgos desproporcionados, todo lo contrario, sin embargo carecían de la armonía que se necesita para considerar que un rostro resulte especialmente interesante. Su cara me provocaba un empujón hacia atrás y por eso evitaba mirarla. Pero era mucho peor la presencia en mi mismo despacho de la subjefa que se encargaba de que el presupuesto encajara en aquel Organismo Oficial, construido hace  cien años. Era muy delgada, parecía poseída por un mal que dejaba sus ojos sin brillo si la mirabas atentamente, no es que estuviese enferma, es que al parecerlo, su semblante adquiría una extraordinaria palidez de aspecto cadavérico. Su preocupación consistía en que encajasen los números en el presupuesto;  aturdía a los demás para que todos los números  encajasen. Una mañana me quedé mirando hacia las nubes estáticas tras los ventanales rectangulares . Pasó la hora del desayuno y yo no había terminado la lista de gastos que se había generado durante el último semestre en material de oficina. La vida se me hizo pequeña. El bolígrafo se escapó de mis dedos. La subjefa se acercó para decirme,  con una sequedad que no me perturbó,  que no era posible el resultado de la suma que le había proporcionado dos días antes. Me señaló con el dedo el error y lo repitió en voz alta. Me desasosegué. Las miré a todas. Adquirí una conciencia que me desveló la inutilidad de aquel vacío que se llenaba de una ira paciente, una ira desentrañadora de tantos años inútiles. Sentí rencor. Alcé la vista y la miré. Aquellos ojos que carecían de mínimos destellos de vida. La ausencia de hidratación en el lacrimal, la opacidad del blanco de aquellas retinas, el iris ligeramente visible marcando una doble circunferencia oscura que contrastaba con el oscuro fondo del cristalino. Pensé en las pinturas de Malevich. Blanco sobre blanco. Negro sobre negro. Un pozo oscuro que me conducía al pasillo donde me cruzaba cada mañana con todas ellas, en lo negro de cada vida, que se empeñan en sostener no sé por qué. Recuerdo que lo último que hice fue levantarme, ir al baño para lavarme las manos, un gesto absurdo sin duda. Me giré y pasé de largo todas las puertas. Al llegar a la calle me quedé mirando el edificio. Durante mucho rato lo estuve mirando.