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miércoles, 2 de septiembre de 2015

del diario (Montevideo)









Abro la casa donde voy a vivir un tiempo, en el barrio de Pocitos de Montevideo,  y me encuentro con la mejor biblioteca de poesía iberoamericana que he tenido a mano nunca. Pero no solo eso. La luz entra por todas las ventanas y balcones de tal manera que siento que estoy en un sueño y que cada vez que saque un libro del anaquel la realidad vendrá a susurrarme que todo dura un ínfimo momento de tiempo. 
Entro en la habitación donde se guarda la literatura uruguaya, que ocupa varios estantes. Apretados tomos de Armonía Somers próximos a los de Juan Carlos Onetti,  Circe Maia,  Felisberto  Hernández,  Julio Herrera y Reissig;  Juan Cunha cerca de  Ida Vitale y Enrique Fierro, quienes me han prestado este apartamento-biblioteca. Más arriba hay poemarios de Amanda Berenguer, de Benedetti  y antologías. Antologías de principios del siglo XX . Miro la hora pensando que también me apetece pasear entre las arboladas calles de marzo, recién comenzado el otoño austral.  Pero la poesía vuelve a entrar por todas partes al tomar  de la estantería un amarillento tomo con letras en rojo y negro: “Mapa de la Poesía 1939. Los nuevos valores del Uruguay. Anotaciones de Juan M. Filartigas” . Editorial Albatros (no veo el año).

“El Uruguay musical triángulo de tierra, con una ancha onda azul sobre el Plata, y un cordón tierno de agua y de paisaje sobre el Uruguay, (río de los pájaros pintados según imagen guaraní). El Atlántico golpea con puño fuerte en su pecho, y en el Brasil le hace fondo con paisajes de lenta belleza sensual…”  Este recargado y pictórico prólogo acaba dando la lista de los antologados: Julio Laforgue, El Conde Lautréamont, Delmira Agustini, Florencio Sánchez, José Enrique Rodó, Julio Herrera y Reissig, Julio Supervielle, Carlos Reyles, Pedro Leandro Ipuche, Eduardo Fabini, Juana de Ibarborou (entonces tenía en prensa su poemario “La rosa de los vientos”). Me echo sobre el sofá y abro con devoción el grueso tomo de páginas tostadas por el tiempo, de él se cae un díptico del antólogo. Una foto de su rostro en blanco y negro y debajo una fecha : 1929”. Mi padre tenía dos años cuando se publicó.  Dejo el díptico a un lado y recorro “La calle del viento Norte” de Armonía Somers.